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Migrantes comparten las historias que los trajeron a México

Salen a contraluz los agradecimientos al pueblo mexicano.

“Quien olvida su historia está condenado a repetirla”. Así lo dijo algún día el filósofo español Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana. Así lo suscribe el bloque número 4 del campo de Auschwitz a quien visita el espacio.

Se escucha el tren a lo lejos. Su singular ruta que recorre de norte a sur los Estados Unidos Mexicanos hacen que se identifique desde cualquier punto. La gente colgada a los lados, en los toldos o casi pegados a las vías es una constante en aquella maquinaria mortal destinada para transportar materias primas, pero que con el tiempo se ha ganado con creces su nombre: “La Bestia” o “El tren de la muerte”.

“La mayoría hemos llegado así. Pero en el camino sufrimos asaltos, abusos, despojos, extorsiones…”, cuenta la voz que responde a una de las interrogantes lanzadas al aire de la lluvia de preguntas que se empiezan a formular en el Salón de Espejos del Colegio Hebreo Sefaradí.

Después de recorrer el CEM, un grupo de migrantes, apoyado por Casa Tochán, se da cita en la Sefa para ser partícipe de una charla con los alumnos de segundo de secundaria, quienes previamente ya han sido preparados en sus materias de Historia y Formación cívica y ética, por sus profesores Juan Carlos Encinas y Sonia Espejel, respectivamente.

Los estudiantes se notan atentos. Los migrantes, provenientes de Nicaragua, Honduras, Guatemala y El Salvador, se disponen a responder. Quieren ser escuchados. Les interesa que todos se enteren de la situación que los llevó a estar a donde ahora.

“Cuando nos preguntan en la calle por qué no nos quedamos en nuestro país, respondemos que no emigramos por gusto. Fue la necesidad la que nos empujó. Muchos teníamos negocios, un trabajo estable, una familia, hijos pequeños. Pero la delincuencia nos orilló a tomar la decisión entre integrarnos a ella o salir huyendo. Muchos lo tuvimos que dejar todo para sobrevivir”, sintetiza uno de los testimonios intentando hacer eco de la realidad de los refugiados, principalmente centroamericanos.

A través de la plática, salen a contraluz los agradecimientos al pueblo mexicano. Las expectativas truncadas por las políticas actuales para llegar a Estados Unidos, el interés no materializado por el gobierno de México en apoyarlos. El reconocimiento a la empatía de la gente que los ha ayudado en nuestro país. La presencia de las minorías que los confrontan y exigen que vuelvan a sus respectivas naciones. Y, sin duda, el sueño de querer regresar a su tierra y esperar que todo siga marchando con la estabilidad de tiempos pasados.

Aunque cada migrante es una historia, y cada historia tiene un matiz distinto, salir de un país para buscar una mejor vida, o simplemente sobrevivir, ha sido el hilo conductor de la migración dede los inicios del hombre. Y es precisamente ahí cuando se hace obligado recordar a Jorge Santayana y volver interrogante en primera persona su máxima: “quien olvida su historia está condenado a repetirla”.